¿Alguna vez, a propósito, has creado una “onda” en el mundo?
“Escoge tus palabras con cuidado, guárdalas como si fueran tesoros sagrados” fue el pensamiento que se me ocurrió. Hace unos cuantos días, una amiga, Joyce, me visitó y compartió conmigo la historia de su accidente de auto y como su papá reaccionó a gritarla en vez de consolarla. Joyce y yo luego hablamos acerca del poder que nuestras palabras tienen y de las tareas que desempeñamos como maestras de usar palabras que inspiran y que levantan el ánimo a otros.
El sábado antes del Día de las Madres, quedé de acuerdo de encargarme de las tres hijas de mi amiga: Briana, 8; Kyera, 7; y Jordan, 6 todo el día. Nuestro primer viaje de la mañana fue de atender a las clases de piano. La mañana pasó por rutina con la excepción de la tremenda cantidad de nieve que había caído la noche anterior y que seguía cayendo esa mañana. Sin embargo, como acababa de haber comprado un carro nuevo nombrado “Bendito”, me sentí asegurada de que nuestro viaje se desarrollaría sin peligro.
Antes de salir para el viaje que iría a tomar una hora, evalué las carreteras y oré para un viaje seguro. Las niñas estaban sentadas y aseguradas en el asiento de atrás leyendo, y la pequeña Jordan cantaba una línea “Vine de muy lejos para que me dejes ir”, de una canción por Kirk Franklin. Que alegría sentí en mi corazón al oír a esta niña cantar como un pájaro ángel. Continué manejando y canturreando con ella, pero me sentía un poco preocupada, como que algo no iba bien.
Después de cinco minutos, el pensamiento entró a mi mente, “Tal vez no hubiera manejado hoy día.” Inmediatamente mi respuesta fue, “Dios mío, tu eres nuestro protector y tu nos protegerás.” Después me acordé de un sueño que tuve dos semanas antes acerca de un accidente en el que yo estuve envuelta. Moví mi cabeza, tratando de borrar todos lo rastros del sueño que todavía quedaban en mi espíritu.
Continué manejando, escuchando la voz de Jordan. Aproximadamente cinco minutes después, mi carro patinó pero se alineó de nuevo a la carretera. Me sentí protectiva, especialmente de la seguridad de las niñas, porque la idea de que algo les pasara fue para mi insostenible. Con rapidez quité ese pensamiento de mi cabeza y comencé a orar, silenciosamente al principio, y después con más volumen.
Seguíamos por la carretera por otros dos minutos cuando de repente sentí que el carro patinó en un pedazo de hielo bajo la nieve. ¡El carro siguió patinando sin control! Primero yo me quedé ahí, dejándolo patinar, tomándome del timón, esperando por una pausa que me diera la oportunidad en el cuanto yo pudiera enderezar el carro. ¡Y llegó! El carro comenzó a parar y sentí la presencia de alguien en el carro que me decía lo que debía de hacer. Por lo que parecía haber sido cinco segundos, el carro ganó su orientación y se quedó en la ruta correcta, solo para perderla otra vez. El carro se resbaló, se volteó, y estaba yendo por la carretera de lado. Inmediatamente me preocupé de las niñas, temiendo que el carro se volteara boca abajo o hiciera otra cosa.
Observe rápidamente lo que estaba alrededor mío, notando los postes de electricidad a la derecha de la carretera (el lado en que estábamos ahora) y en el otro lado, una cerca de alambres con púas y un grupo de árboles pequeños.
En este punto, mi capacitación de conducir defensivamente tomó control. Rezé lo más fuerte que pude, reasegurando a las niñas que debían seguir leyendo porque todo iba a salir bien. Sin embargo, las tres niñas comenzaron a orar por la protección de todos los que ocupábamos el auto.
En vez de parar, el carro pareció seguir tomando velocidad. Empecé a pedir ayuda a Dios. ¡No podía recuperar el control del carro! Grité, “Jesús, ten piedad, Jesús,” le di vuelta al timón, y rezé para que el carro no termine en el lado que estaba cercado. Milagrosamente, el auto dio una vuelta de un ángulo de180 grados y caímos en la cuneta, más allá de la cerca, y en los árboles. El sonido de un estrello, de un árbol rompiéndose, y sonidos de golpes llenaron el aire.
Temblando inmensamente, logré gatear hacia el asiento trasero, empujé la puerta y abrirla (aunque todas estuviesen presionadas por árboles), salir y llamar por ayuda.
Aproximadamente quince minutos después, una dama que pasaba en una camioneta paró a ayudarnos, casi repitiendo la misma clase de accidente que acabábamos de pasar, pero logró parar su automóvil con certeza. Normalmente, mas vehículos viajarían en esa carretera a esa misma hora de la mañana, pero al nevar tanto, mantuvo a la mayoría de los viajeros en sus hogares hasta el medio día. La dama se identificó como Patty y acordó llevarnos a la casa más cercana que encontráramos ya que ninguno de nosotros estuvimos heridos físicamente y era más seguro mantenerse adentro en este clima que estar afuera esperando hasta que llegara la ayuda de emergencia. Subimos a su camioneta, agradeciéndole por acudir a ayudarnos.
Brianna estaba muy preocupada de mi carro. Repetía varias veces, “Tu carro nuevo se rompió.” Inmediatamente me acordé de las palabras que Joyce y yo nos habíamos dicho tres días antes, sorprendida que me acordaría de eso en un momento como este. La única respuesta que podía darle a Brianna era, “Tu eres lo mas importante; tu vida es lo mas importante. No te preocupes del auto; Dios se encargará de eso. ¿Estás bien?” Las tres niñas se me quedaron mirando, sonrientes y tranquilizadas por las palabras de consuelo. Respondieron que sí y me tocaron la mano en consolación. Mire en el retrovisor y vi que Patty se sonreía.
Estas palabras impresionantes quedaron en las mentes de tres niñitas y de una extraña, dejando una onda positiva en un momento caótico, pero la paz recargó su presencia delicada sobre nosotras.
Tres semanas después, mientras visitaban mi hogar, las niñas preguntaron que si mi carro todavía estaba deshecho. Les sonreí y iba a responder cuando Kyera miró a Brianna y comenzó a declarar mis palabras dichas aquel día del accidente tres semanas atrás: “Nuestra vida es mas importante que un carro. Gracias a Dios que nos protegió; cualquier cosa pudo haber pasado, pero Dios nos protegió.”
Me quedé asombrada, maravillando al poder de mis palabras, impresionadas en las memorias de tres angelitos en la tierra. Una vez más, di las gracias a Dios por nuestra protección, pero sobre todo por el poder que tenían mis palabras de dejar ondas.
Aprendemos por medio de observación, por medio de experiencia, o por medio de escuchar las historias de otros y asimilar las experiencias y lecciones que aquellos aprendieron. La experiencia con mi amiga me permitió aprender de ella, y en cambio alteró mi propio pensamiento, creando una onda en medio de una crisis.
¡Nuestras palabras dejan ondas!