...y supe que Dios los habia colocado como angeles guerreros...quienes creian en Dios y lo amaban
suficientemente para donar sus vidas a su servicio. --
El Despertar del Corazon por Betty J. Eadie, p. 88
 Septiembre, 2004 W.A.V.E.S. Newsletter                   Edición de Otoño 
OrígenContenidoReconocimientosArchivosCorreo
Sobre los WAVESHe Visto la LuzOraciones
Mi Hermano (Un Cuento)
Emitido por Sharon Rose Ruesga el 28 de Agosto, 2004
Tengo un hermano. Su nombre es Davíd.

Desde el momento que supe de su llegada inminente, me di cuenta que él sería especial para mí. Mi corazón brincó al saber que este niño iba a nacer ya. Hasta me acuerdo del vestido que mi madre llevaba puesto el día en que me lo comunicó…

Yo tomé a cargo el cuidado de él apenas llegó a casa del hospital, o a lo menos a mi me pareció así. No fue porque mi madre no pudo o no quiso hacerlo; ella siempre nos crió con mucha ternura. Fue que yo quería ser la que lo cuidara desde el principio. En aquellos tiempos, yo todavía no había cumplido siete años.

Él y yo hacíamos todo juntos. Hablábamos de todo lo que estaba bajo el sol. Cualquier cosa que aprendía yo, se la enseñaba de inmediato. Cualquier cosa que él quisiera aprender, me preguntaba a mi. Éramos compañeros. Cuando estuve suficientemente madura para comenzar a salir a citas de compromiso, lo llevaba conmigo. Tal vez no al principio, en la primera cita o la segunda, pero desde ahí él iba con nosotros. Mi hermana, que es mayor que yo por dos años, negaba con la cabeza de asombro y decía, “Debes de cobrar a Papá y a Mamá por hacer esto.”

¿Cobrarles? ¿Por qué? ¿Por el amor?

Cuando Davíd cumplió 14 años, me mudé a California. Él me acompañó en mi viaje hasta el otro lado del país. Fue mi copiloto y mi amigo. Tomamos cuatro días en viajar las más o menos dos mil millas. No tuvimos prisa. Era una aventura que los dos no compartiríamos mas.

Después de que dejé la casa de mi familia, Davíd y yo comenzamos a apartarnos. Mi familia me decía varias veces que él estaba en problemas, que estaba sufriendo una profunda pena. Ellos me decían que esa pena se debía a mi ausencia. Cuando le preguntaba acerca de eso, él lo negaba, diciendo que ellos no comprendían su pensamiento, y desde entonces solté la idea. Creía que él conocía su propio corazón, y si él negaba que estaba sufriendo, debía ser así. Sin embargo, noté que cuando yo visitaba, él se desaparecía. A veces yo lo veía solo por unos momentos una vez al año. Estaba dolida y desconcertada por su comportamiento.

Años después, luego de que él había estado casado por un tiempo, su esposa me llamó y fue directo al grano. “Sharon,” me dijo, “Tengo dificultad en comunicarme con tu hermano, y creo que es porque él nunca se olvidó de ti. Necesito tu ayuda. No me deja acercarme a él, y yo creo que es porque él estba tan dolido cuando te marchaste que se cerró el corazón.”

Me quede aturdida. ¿Por qué él no me lo había dejado saber? ¿Por qué me dejó pensar que mi amor por él no era una necesidad para él? Me senté a escribirle una carta. Vacié mi corazón. Le pedí perdón por haberlo abandonado. Le expliqué la razon porque tuve que hacerlo. Le dije todo lo que tenía que decirle hasta que me quedé vacía. Nunca respondió a mi carta. Pasaron semanas, y después meses. Nada. Comencé a temer que me había pasado de la raya, que había dicho demasiado, que hubiera requerido una respuesta demasiado profunda. Me preocupé. Hasta me sentí enojada e irritada. ¿Por qué no reconocía mi carta de alguna manera?

Luego un día mi madre me llamó y me dijo que Davíd le había comunicado acerca de la carta y había llorado mientras le contaba. “No te preocupes, querida, él no supo como decírtelo.”

Después de esto, comencé a mandarle tarjetas y a llamarlo por teléfono periódicamente. Davíd y yo hablábamos de muchas cosas – inicialmente de cosas superficiales, y después de temas más profundos. Empecé a notar que estábamos estableciendo una pauta. A veces él se quedaba callado durante nuestras conversaciones. No me contestaba, no hablaba. “¿Davíd?” preguntaba, “¿Estas ahí?” “¿Qué te pasa?” Finalmente me di cuenta de que lloraba. Eventualmente confesó que, cuando yo me marché, él cerró una parte de su ser. Fue más fácil de esa manera, menos doloroso. Me dijo que prefería apartarse de mí completamente que verme por un rato corto, sentir otra vez la profundidad de nuestra conexión, y después tener que dejarme ir otra vez. Le dolía demasiado, dijo. Era muy doloroso.

Las lágrimas continuaban mientras charlábamos, y sus heridas lentamente comenzaban a sanarse. Me fui dando cuenta que otra vez, otra pauta tomaba forma en nuestras conversaciones. Conversábamos por tres horas casi siempre que hablábamos. La primera hora la pasábamos hablando de cosas corrientes... ¿como anda el trabajo, como está el jardín, que dijeron los medicos? La segunda hora, entramos a la materia verdadera de la llamada. Barreras deslizaban, paredes cayeron. La tercera hora consistía en lo que habíamos anhelado: la pura comunión de almas. No había un lugar que no podíamos recorrer en la cual no encontráramos satisfacción y conclusión. Davíd me dijo hace poco que él no puede hablar conmigo sin llorar al menos una vez. Me sentí un poco preocupada que esto le fuera muy duro de soportar y que tal vez yo debía de cambiar mi método de comunicación. ¿Su respuesta? “Sharon, nunca pares de ser quien eres. Necesito esto. Necesito acordarme de cómo debo sentirme y como debo de responder a otros en este nivel. Es difícil para mi al principio porque estoy rodeado de gente que no va al nivel profundo como tu lo haces, pero necesito esto. Y lo deseo. No pares de ser tú.”

Cuando veo a mi hermano ahora, hay casi siempre un periodo de reconocimiento por la que tenemos que pasar, así como en nuestras conversaciones. El primer abrazo es solo una palmadita y un golpecito, palmadita, golpecito, como ese tipo de cosa. No muy gratificante. Pero solo sigo presentándome hasta que comienzo a sentir el espacio entre nosotros cerrarse. Y sé cuando él está listo. Lo puedo ver en sus ojos. Él voltea y me mira, y con un brillo en los ojos que radia por mi rostro, me jala a sus brazos. Y en ese momento estoy en paz. He encontrado a mi hermano. Su tierna brusquedad me hace acordar a un oso pardo. Es mucho más grande que yo. Me siento como una mariposita coqueteándose con su garra extendida, la cual cierra cuidadosamente alrededor de mí, estrechándome como si yo fuera su tesoro y él fuera mi amor.

Fui a visitar a mi familia este julio pasado y pasé mucho tiempo con mi hermano y su hermosa familia. Mi hijo, Andrew, y yo somos bien unidos, algo parecido a lo que Davíd y yo tenemos. Él observaba a Davíd relacionarse conmigo. Él no dijo mucho, pero pude darme cuenta que algo le molestaba. Finalmente, nos sentamos a comer la cena que mi madre nos había preparado, cuando dijo firmemente, “Mami, quiero que te sientes al lado mío a cenar, no al lado de Davíd.” Davíd oyó esto y con sus ojos llenos de risa y su voz tierna dijo, “Andrew, tu mami fue mi mami primero. Ella es tan buena madre para ti porque practicó en mí.”

Andrew pensó en esto por un momento y respondió, “Bueno, ¡ja! Tú fuiste el “practicado.” Pero yo salvé la vida de mi mami (otra historia) ¡Así que….ahí lo tienes!”

Cuanto nos reímos.

O Davíd! Mi Davíd. Mi hermano, mi hijo. Mi amigo.

Cuanto te quiero.



Copyright © 1992-2004 by Betty J. Eadie
All contents copyright © 1992-2004 by Onjinjinkta Enterprises
All rights reserved
Warring Angel Volunteers on Earth, (WAVES) is acknowledged as a trademark of Betty J. Eadie